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lunes, junio 07, 2010

El túnel en el andén.


Mayo 2010

Caminaba como siempre a paso apresurado, evadiendo las banquetas crecidas y los matorrales pronunciados, después de diez minutos, vuelta a la esquina y ¡bingo! en el metro. Tal vez la hora, tal vez cuestión de suerte, el andén estaba casi vacío excepto por el señor de intendencia que con su escoba de mechitas de color naranja limpiaba las orillas del pasillo y dos tipos más encapuchados con esas sudaderas borregas que suelen esconder el cuerpo y la mitad del rostro...Temí un poco, su aspecto me daba la impresión de que escondían algo pues entre susurros reían y señalaban la parte baja de la vía y movían sus manos en diferentes direcciones, cuando la mirada de uno de ellos se posó en mi, sólo atiné a voltear la mirada para donde el barrendero estaba segundos antes, ya no estaba, quedábamos sólo nosotros tres cuando una par de señoras con aspecto extravagante entraron al andén en dirección contraria.


Esos minutos parecieron eternos, una voz anunció: "Estimado usuario debido a una falla técnica en uno de los trenes el servicio ha sido suspendido", aquella letanía parecía una mala pasada -¿por qué justo el día en que el andén estaba vacío y debía llegar a mi cita con Margites, en aquel lugar donde nos vimos por última vez cuando nos despedimos.
Recuerdo aquella última vez con tanto pesar, ese día corrí apurada para tomar el tren hacia Barranca del Muerto, con mis apuntes, libros y libretas en mano casi al borde de tirarlas, y él estaba allí en medio del barullo, bajo el reloj recargado en la superficie de las escaleras. Lo vi casi después de medio minuto que él llevaba observándome batallar con mi maleta y demás objetos, hasta que la sensación de ser observada rompió el ensimismamiento en el que me encontraba.

-Hola, ¿Cómo estas?, ¿Por qué no me saludabas?
-Te vi muy ocupada ordenando tus cosas y no quise interrumpirte.
-Gracias, cómo te habrás dado cuenta una mano extra no hubiera estado nada mal- repelí con sarcasmo.
Sonrió y enseguida siguió en una contemplación feliz cada uno de mis movimientos, que para ese tiempo eran contradictorios, quería organizar mis cosas pero también quería platicar con él, así a medio hacer ambas, le pregunté:
-¿Cómo has estado no me has contestado? ¡Qué sorpresa encontrarte! ¡Qué cosa tan rara!- después de lanzar cual ráfaga aquellas expresiones pensé si no contesta es porque no le he dado ni un respiro para hablar, así callé por unos segundos.
-Bien, tranquilo todo...
Apenas comenzaba a responderme cuando el tren llegó, rápido me disculpé -¡Tengo que irme! pero ¿será que te encuentro pronto?- grité entes del cierre de la ventanilla mientras mi cara gesticulaba una especie de muecas sin coherencia alguna de tan fugaz encuentro.

Con todo el coraje, caminé en dirección hacia los dos tipos que ahora estaban de espaldas a mi metiendo unas botellas en una de las mochilas escolares que traían. Con la precaución de no hacer ruido con mis zapatos, crucé frente a ellos casi a hurtadillas, sintiendo la gloria al estar ya diez pasos lejos de ellos y a veinte mosaicos de los torniquetes recorrí felizmente el siguiente pasillo.
De pronto en una de las puertas donde suelen reposar los policías auxiliares del metro, escuché como cuestionaban a varios sujetos que se supone deberían estar encerrados en la cárcel y habían escapado de tal sitio por un agujero con conexión a dicha estación. Segundos después de ésta reflexión y quince pasos de la salida, las puertas metálicas de la estación se activaron y así quedé atrapada.
Enojada entré al cubículo policial, sin respuesta alguna, allí dentro era un chiquero, la poca luz que caía del exterior mostraba huellas de grasa automotriz, restos de salitre, pero lo que más me impresionó fue el aroma a sangre y a químico, ese olor tan desagradable a piel quemada y cal, tapé mi nariz con la bufanda y seguí caminando por aquel cuarto que me había ya conectado a un pasillo, cuidando de no tocar las paredes donde se encontraban rastros de sangre y pintura desvencijada.
-¿Qué pensabas, que sería muy fácil salir de aquí?...pues te equivocas y pagarás tu arrogancia- decía un uniformado, que ya pensaba yo no era un policía y mucho menos el ser confiable que yo buscaba para que me dejará salir. Mi enojo inicial se había convertido en una extraña sensación de desnudez, de estar desprotegida, vulnerable y colocada en el centro de una situación aún más rara.
Crucé con torpeza la puerta en busca de otro pasillo que me llevara de regreso, sin luz y sin la más remota idea de saber lo que allí sucedía y dónde estaba, caminé tres pasos atrás y di con otro pasillo que conducía a unas escaleras. Ya era demasiado tarde para regresar aún sabiendo que aquellas escaleras estaban en contra dirección a lo que yo buscaba: la salida. Aún así, seguí, las escaleras ascendían a otro cuarto, que intuyo estaba arriba de la estructura de los vagones...


-¿Qué haces aquí?
Conteniendo en los pulmones el miedo que sentí al recorrer sus palabras, contesté:
-No sé que hace usted aquí, ni quién es, sólo estoy buscando la salida, el gendarme del piso de abajo me mandó con usted por ser el único que pudiera ayudarme- mentí y dije con voz firme, de esa que pocas veces acompaña mis palabras.
-No entiendo. Él la dejo pasar hasta acá para que fuera yo quien la sacará. No me suena lógico-dijo el gendarme recorriendo mi silueta de arriba a abajo con su mirada inquisidora.
-Eso pensé, pero al parecer estaba ocupado con un par de tipos, prófugos.
-Cállese, arrójese al suelo- dijo al interior del cuarto que custodiaba.
-Le dije que se comiera todo- gritó de nuevo.
Su tacto áspero hacia las preguntas que procedían del interior del cuarto me exaspero e incomodo, así que traté de no hacer nada que motivara su chirriante voz demandante, el mismo olor a carne putrefacta era aún más penetrante en aquel sitio, y procedía de ese cuarto, vedado, iluminado tan sólo por una ventanilla de 10 por 15 cms. El desfile de voces que clamaban comida, agua y exilio era interminable, como coro desafinado aturdían las estrechez de aquel cuarto.
Asomé mi cabeza, mientras el gendarme de voz áspera rumiaba en el walkie talkie con el gendarme, sosteniendo la respiración, de pronto vi a David, atado a una especie de cadena comunitaria, aquel cuarto era una carnicería, había sangre y restos de fluidos desperdigados en el cuarto, los manchones en las paredes y el insoportable hedor que de allí procedía me hizo pensar que esa situación fortuita de la falla en el tren, no lo era, esto llevaba tiempo realizándose. Cual carne en venta eran objeto de extraños sacrificios de santería con el motivo de mantener al masón mayor de la ciudad y la estabilidad en sus apócrifas finanzas, según me relató David atropellando las palabras cada cierto tiempo por el miedo a ser videograbado, pues esa era otra parte del negocio, todos eran vigilados y se escogía al mejor para ser entregado. Cuando me dijo lo de los videos, mi piel se erizó, ello significaba que nunca había dejado de ser observada, y que tal vez mi presencia allí no era casual.
Los cuerpos exhaustos reposados en un extremo del cuarto, encadenados entre sí, los cuerpos desnudos grasientos y llenos de hematomas, en extremo burlados con la idea de ganarse su libertad. De lejos hacía señas a David, compartía su encadenamiento con dos nóveles ladrones que habían entrado a una tienda de colchones y antes de efectuar el atraco fueron reconocidos por la cámara y supuestamente capturados para seguir su proceso en prisión; sin embargo, para sus familias se encontraban desaparecidos y eran inocentes palomas perdidas en algún lugar.

El walkie-talkie no funcionaba del todo bien, después de rodear en repetidas ocasiones el rectángulo en el cuál estaban hacinados los cuerpos el gendarme de voz áspera salió en busca de mejor señal. Ese momento corrí al extremo de su escritorio y tomé unas diminutas llaves, todo ello por instrucciones gestuales de David, su cara era en extremo compungida, nunca había vista tal sufrimiento reflejarse en su rostro, como pude contuve la respiración, esquivé lo mejor posible los cuerpos y la sangre, aunque de repente mis sentidos ya no percibían el olor fétido, ni el sabor del sudor que caía sobre mis labios, ni siquiera el asfixiante calor abrasador que segundos antes asqueaba y dejaba pegajosa mi ropa...sólo recuerdo como vi de lejos a David detrás de la cinta amarilla que separa a los térreos de los caídos. Quise gritarle pero no me escuchaba, o tal vez fingía para protegerme, caminé de nuevo hacia las vías y la gente estaba amontonada observando una atroz escena...

martes, mayo 25, 2010

Pensamientos en un vaso de agua

Pasaba la tarde, cotidiana, como tantas otras, reducidas a la rutina, al calor agobiante de los rayos del sol, el dolor de pies después de atravesar la ciudad, donde el llegar a casa era el único pensamiento presente y sano dentro de la odísea de maldiciones durante el largo trayecto de la universidad a la casa.

La puerta, presentada como la meta, resultó el preámbulo de una segunda prueba, el lograr llegar hasta su recámara librando los embates y reclamos de los congéneres con quienes habitaba aquel cuarto de escasos 45m...lo logró, estancó su débil y sudoroso cuerpo en el sillón, un sólo giro bastó para que sus ojos ciñeran un sueño profundo.

La tarde caía, larga como aquellas tardes de verano, donde la carrera del sol se agotaba a las 8 de la noche, bajo esta escena cayó en un sueño profundo. Al despertar buscó el teléfono de G. con quien había acordado tomar un café más tarde, cuando la noche se encontraba en su inicio tomó el teléfono y marcó. Al primer intercambio de saludos, éste afligido interpeló: "¿Cómo te sientes?, ¿Estás bien?, ¿Te hace falta algo?"...sin oportunidad de responder y no comprendiendo su ávida preocupación...G. continuó: "llevo horas marcando, me tenías angustiado, pensé que algo te habría sucedido"...No entendía nada aún de aquellas apesadumbradas palabras que taladraban su parsimonia.
-¿Qué pasó? No es para tanto, no olvidé lo del café, nos vemos donde siempre, ¿no?
-¿Pero es qué no te has dado cuenta?- replicó G.
-¿Qué cosa...?
-¿No has visto nada?
-¿Qué habría de ver?-dijo con sarcasmo, enseguida rió y se asomó a la ventana como siempre lo hace cuando quiere despabilarse y busca contagiarse de nuevo de ese ritmo citadino después de un largo sueño.
Enseguida, comprendió, no era capaz de describir lo que sus ojos tenían como "panorámica", nada de lo conocido era ya. La vista era irreal, desastrosa. Regresaron como torbellino los relatos de su abuelo, cuando le contaba que vivir por el canal de la Viga, era estar ya en las orillas de la ciudad, de cómo paseaban en embarcaciones pequeñas por los canales de La Viga, Churubusco, el Viaducto, constantemente esas imágenes se agolpaban y pensaba en cómo la ciudad de México distaba mucho de ser como Venecia, pues, tristemente, el desarrollo urbano voraz no le permitía seguir soñando, ni creer en las historias del abuelo por inverosímiles. En eso iban las cavilaciones, al ver la ciudad inundada, atascada en un marasmo de aguas negras, suciedad varia flotando, agua grisáceoverdosa golpeando los muros de los edificios con ahínco tal como si quisiera castigarles.
No observaba el fin de la fiesta. El agua aún seguía ahogando las calles, los edificios eran apenas perceptibles sólo por la azoteas, no se lograba distinguir nada más...ninguna persona, algunos automotores, sólo la furia del agua corriendo despavorida. Se espantó, cerró la persiana despavorida, después de unos segundos no resistió y abrió la ventana, quería salir. Se vio sola, tan sola que no tuvo tiempo de pensar en si había alguien más en quién pensar. Mientras G. en el teléfono intentaba relatarle lo que en un segundo su ojo había registrado, colgó. En ese instante sintió miedo, pensó en lo pronto que los muros podrían ablandarse y caer, temió quedar entre los escombros del derrumbe como una existencia más al vacío -pensamiento que siempre le invadía cada mañana y al cuál repelía repitiéndose que el estar aquí era una cosa entera de sentido por sí misma, y era una vacilada y pérdida de tiempo pensar en ello todas las mañanas, casi como pensar por qué respiramos-, aún así permaneció pegada a la ventana observando el terrible y atroz espectáculo.

Segundos más pasaron y el agua comenzó a colapsarse en un onda centrífuga, como cuando se estanca el agua, se destapa un agujero y todo escapa por allí, así, el agua succionaba todo a su paso, sintió como la fuerza se apoderaba de los objetos,y de ella. Vio su edificio desaparecer poco a poco, todo se derrumbó.
Y llegó G. Apareció en su auto color gris. Enseguida, G. le lanzó una seña y así abordó el auto con todo su pesar y odio reprimido, atrás quedaba el desastre. Guió a G. hasta salir a bocajarro de aquel sitio. Salieron por el atajo, y cayeron de nuevo inmersos en una corriente desconocida. Ya fuera de su casa pudo reconocer con mayor nitidez la magnitud de lo acontecido, y lo visto en su ventana y narrado por la radio era poca cosa a tal suceso, "terrible desastre..." decían en la radio cuando la velocidad de la corriente los jalaba al centro del abismo centrifugo, G. como pudo maniobró y libró el abismo, siguió por una vertiente y tomó el viaducto -aquel antes de agua en tiempo de los abuelos, ahora hecho concreto y vuelto agua de nuevo a fuerza de hecatombe, cual naturaleza avasalladora-. Así, a salvo en el auto de G., ahora convertido en barco, llegó al final...con el amanecer en la punta de sus castaños cabellos, y G. a su lado conversando a su nieta cómo eran esos tiempos de agua.

domingo, marzo 28, 2010

Preguntas ¿?

¿Cómo encontrar un sentido en lo que por definición no lo tiene, no debe tenerlo?
¿Cómo es que puedo hablar con un ave, y no puedo hablar con un humano?
¿Cómo es que puedo hablar con un ave y un humano no puede entederlo?
¿Qué tan difícil es aprender el lenguaje que mueve todo?

sábado, diciembre 19, 2009

De los intercambios

Me encantan las sorpresas, los regalos, aquellas manifestaciones materiales que reflejan el buen andar, el sentimiento y su complemento. No me gustan los regalos 'forzados', aquellos que proceden de la práctica impuesta por la temporada sea San Valentín, Cumpleaños, Navidad, Año nuevo, etc., a ello siempre vienen los momentos incómodos, 1) el tener que comprar un obsequio a quiensabequien o en el mejor de los casos a un amigo, 2) el miedo de que el regalo no sea de agrado, ya sea para el que da o para el que recibe, 3) ese inter donde desfilan por turnos a otorgarse un abrazo y entregar el detalle, qué cosa tan convencional y tan montada, en fin.

Aún más desánimo me causan esos intercambios en los que todos llegan con sus envolturas de mixup o sanborns, y se regalan el disco o dvd que pedían de acuerdo a la lista. ¿Si todos compran en el mismo lugar y bajo el mismo producto porque no mejor cada quién se compra el suyo?¿Por qué una lista si se conocen los gustos del 'otro'?¿Cuál es el chiste de recibir lo que se pidió, si se sabe de antemano que es eso que 'esconde' la envoltura e incluso el precio?

Como cada año, hubo el sorteo para el intercambio familiar. Este año, no medité ni realicé la búsqueda exhaustiva con 'pelos y señales' de lo que deseo puesto que lo que más deseo es casi imposible y así cavilo segundos, minutos, horas y días.

De los regalos que esperaría y que bien podrían hacer más feliz la estancia aquí:

lo material:
  • Un hombre musculoso y fortachón que pueda bajar los muebles que ya no necesito, y nunca he necesitado y me quitan espacio, je. (una silla, una mesa de centro, un tocador con 6 cajones, un escritorio y un buró).
  • Un bote de pintura -1 litro- color magenta, una brocha de cerda 7.5, un cepillo y un par de periódicos para pintar mi cuarto.
  • Un pizarrón magnético rosa de 40x60 m.
  • Unos cubos decorativos blancos con interior lila o magenta, ellos para colocar a mis mejores amigos.
  • El dispensador de esencia para ambientes, y el porta incienso para transformar momentáneamente el entorno. ¡Qué rico!
  • El marco para la gran foto que me obsequió mi peroesnada, uno más para el dibujo que me pintó mi amigo que teme a las ardillas, y otro para un par de collages. Un portaretratos para las tantas fotos que se debaten el lugar.
  • Un scrapbook anual, una libreta ecológica -de esas de páginas amarillentas artificiales- en las que uno disfruta escribir y crear, y un par de cartulinas de colores.
  • Unas pantunflas, una pijama, y música para dormir.
  • Libros -no ciencia ficción, no best seller, no de autoayuda, no de sectas o pseudociencias. Los demás, bienvenidos!
Dicen que pido cosas muy raras, que soy 'muy especial', que qué difícil es comprar algo para mí -y eso que no les he contado lo que realmente desearía...-. ¿De verdad soy tan difícil de complacer?

Mientras tanto bajo el árbol de navidad desfilan algunos obsequios de mis amigos, un rebaño de buenos deseos, y cajas vacías en espera. ¡Claro! también me esperan más detalles mortales: verificar el nuevo celular y su no funcionamiento, una larga y tormentosa fila en la cadena de telefonía que me 'comunica' en espera de recuperar mi número telefónico -"el tiempo de espera es de 2 horas, si pasa su turno no puede pasar y tiene que obtener otro"-, cobrar a mis deudos, y demás actividad infructuosa.

Bonita semana, gustosas posadas!
(Ya les contaré cómo me va en el 'intercambio')

jueves, diciembre 10, 2009

¿Por qué arriesgas tu vida por un pinche celular?

Me encanta caminar. Por las mañanas suelen disfrutarse más los recorridos. Nace el día y con él , sus olores. Aunque particularmente tengo un amorío enfermizo con la noche, con sus tonos ahumados y luces artificiales...Estos días, casi de manera autómata, cambié mis hábitos, ya no quise desvelarme y ver el amanecer como en el verano, no quise quedarme envuelta en las sábanas como en el otoño, ya que con ello inevitablemente llego al soliloquio de la nostalgia. Esta mañana sería diferente. Y lo fue.
Caminaba rumbo a casa de mi abuela, el tianguis se levantaba pomposo con todo su griterío y folclor. Pintoresca mañana hasta que en una de las calles que tomé me gritaron con fuerza, y no fue lo cotidiano: reinita, sabrosa, güerita o las clásicas sentencias 'qué buenas "$%!, con esas ··$&/ y demás letanías vulgares...

- ¿Por qué corres?, ¿A dónde vas?, ¡Quédate allí!- gritó con su voz amenzante, la mirada llena de resentimiento y el temblor propio de quien no controla sus impulsos.
Me detuve, segundos antes había percibido la presencia de dos sujetos tras de mí, temí que me acorralaran. Estiré el brazo y le dije:
- Ten el celular, ya.
-¿Por qué arriesgas tu vida por un pinche celular?- recriminó
No supe que contestar, mejor dicho, no quise contestar, no hubiera ayudado mucho -bueno es relativo en realidad-.
Me miró minuciosamente, fijó sus púpilas en la amenazante pistola de juguete color plata 072 que portaba, la levantó, cortó cartuchoplástico y salió campante por la calle mientras yo caminaba en contrasentido observándolo.

***
¿Por qué arriesgas la vida por un pinche celular?
Sé lo que tratas de decirme, sé lo que quieres. Es parte de mi. Mi gusto es. Y no es el celular en sí si no lo mío.

Y tú, por qué arriesgas la vida por un pinche celular, del cuál apenas obtendrás pequeñas ganancias para comprar la droga en ese callejón de la Paulino Navarro. Te reconocí, qué pena verte así, no te preocupes no le diré a nadie que fuiste tú quien dijo cómo sucedió el asesinato aquel del 2003.

...Y ni tan pinche, tú lo querías y yo lo quería. Claro, puedo vivir sin él, me duelen los mensajes que consevaba afanosa por su peculiar sabor, unos que endulzaban y otros que colocaban una enorme sonrisa en mi rostro; las fotos y demás respaldo de la memoria. Tú no podrías vivir sin él, y sin todos los demás celulares pinches que tienes que coleccionar por un poco de tu miseria diaria.

martes, octubre 27, 2009

La belleza y su don aterrador

Últimamente me han atormentado sueños bellos. ¿Qué extraña paradoja?, ¿Cómo la belleza puede ser aterradora?

La última vez que soñé que uno de mis dientes estaba fuera de su lugar, horas más tarde me encontraba ante un miedo más temible que el de la carencia estética de un molar. Hace unos días ocurrió que uno de los dientes frontales caía, era bastante incómodo y a ello precedieron días peores, repletos de dolor muscular y una extraña cefalea migrañosa -lejana a la sintomatología común-.

El 16 de octubre estaba en una carretera, sucedía una accidente de auto convertida en carambola. Salía con un terrible dolor en la columna vertebral, como pude caminé hacia una reja, entré a un lugar tenebroso, lleno de sombras. Me escondí porque no sentía protección en aquel lugar, ví como mataban a un hombre de manera violenta terminaron con su vida; permanecí en un rincón para no ser atacada. No entendí por qué mataban al hombre, tampoco por qué en ese lugar que se veía como un hogar perseguían al sujeto. Era un terreno bajo suelo, sostenido en frente por una reja y una puerta de alambre. Así ni ayuda, ni consuelo, desperté temiendo los autobuses y aquel sitio subterráneo.

Y estos tres últimos días han sido escenas llenas de color, matizadas bajo el gris del cielo, colores intensos, contrastantes, donde las formas parecen irreales, con los cuales la púpila se deleita incrédula y sospecha falsedad en el escenario. Aún así, tomé un carrito en forma de dragón e hicé un recorrido sobre el mar maravillándome con el castillo sobre las aguas de la isla; incrementó la velocidad, temí y enseguida me llené de angustia por percibir la falta de control en el camino cuando comenzó a fallar el tren.

Más adelante el escenario, tres sillones color durazno y mamey, y un gran ventanal desde el cual se apreciaba el bullicio de la calle. La ventana se encuentra protegida con hererría en color negro. Mientras observo por la ventana contigua, la de mi cuarto, un sujeto canoso y otro joven de piel muy blanca pelean, no sé por qué discuten, la gente pasa y se instala, cada vez hay más gente. Regreso al ventanal principal para observar con mejor presición; el sujeto canoso alcanza al blanco y le asesta un fuerte golpe -al parecer sin razón-, él trae una enorme cámara en el pecho. De nuevo llega alguien a quien trataba con autoridad, el afectado entra a la casa y permanece sentado a petición del dueño del hogar.


Han sido días densos, artificiales en los colores; dispersos en las formas; nítidos en temor.

miércoles, agosto 05, 2009

¿Por qué regresas?

Buena pregunta.


¿Por qué?




  • por culpa. Nada como pagar a unos lo que debemos a otros.

  • por reparar un daño. Nada como sentirnos el centro del universo.

  • por comodidad. Nada como mecerse en el sillón que empalma su forma con la nuestra.

  • por miedo. Nada como mantener la puerta cerrada con lo que dominamos.

  • por deseo. Nada como comerse un dulce que nos ha hecho salivar. Mmm, qué gozo!

  • por ser. Nada como encontrarse, fluir, caminar sin cuestionamientos y compartir. Cursi, idealista, si, pero sincero.


Las primeras dos acuden al pensamiento revesible, aquel que nos hace creer que actuamos de manera "inadecuada", lo cual a veces sólo es la "no esperada", y ello causa una separación entre las partes: la que aspira, la que entrega y la que es, la que recibe. La segunda cuestión, en específico, es más histórica, actúa bajo la creencia de que somos la causa de todo, de sentir el sino de dios y querer remediar lo hecho a alguien, patético pretexto.



Las dos últimas asisten más a lo corpóreo y la unidad de aquello que vemos como bello y apetecible. Uno, el deseo, lo que la vista come en grandes bocados; luego lo disimula con la admiración al intelecto, bondad, amabilidad, astucia o lo que sea que nos atraiga. El deseo de eso que queremos para nosotros o en nosotros, está presente (no deseo erótico de las formas sino de los fondos). La segunda, el ser, el sincero placer del arrojo, el sentir ese placer único con esa persona, sea lo que ésta represente, el disfraz que tenga, lo que provea. Como si ese fuése el lugar en el que somos multiplicados.



El término medio, ese horrible estado de indefinición, la comodidad. Como no sé que es lo que quiero arropo lo que tengo. En sentido coloquial "Más vale pájaro en mano...". No arriesgo mi cuadrado y hermético cuerpo en formas circulares gélidas; mejor el calor de lo confortable y conocido. Y por último, su compañero, el miedo, esa sensación que nos mantiene en la inacción, temiendo lo que no sucede aún y nos dormita en la habitación que podemos recorrer tras la puerta, temiendo que lo de afuera nos comerá.




Sea por recuerdo, por un rapto momentáneo, dependecia, en la espera de...,por comprender, hemos estado aquí.