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miércoles, marzo 16, 2011

15

He perdido el hábito de soñar, a últimas fechas mis recuerdos oníricos se reducen a estelas de imágenes que no logran anidarse...algo no cuaja del todo aquí. Extraño aquellos lugares lejanos.

lunes, diciembre 13, 2010

Racha de sueños

Recordar: Alguna de las mujeres, la esbelta, la más cercana o la hermana dará el mensaje.




Suppose I never, ever met you
Suppose we never fell in love

miércoles, diciembre 01, 2010

¿Será así la eternidad?


Una reunión. Hace tiempo no estaba en una. Me gusto el color durazno que bañaba el cuarto, típico de las salas de familias numerosas, allí estaba aún con la sonrisa zurcida y la mirada extraviada al exterior del cuarto.
Estábamos en círculo, todos reunidos formándolo con especial cuidado. En lo particular, no recuerdo quienes eran todas aquellas personas, excepto por la parte que apuntaba al norte. A mí lado estaba un hombre, un amigo, alguien que me es familiar y con el cual comparto tiempo a menudo, hay confianza, presiento que no es un ser ordinario, de lado izquierdo está la mamá de Alfonso y otros familiares de él -mamá, papá y una presencia femenina que consuela-.
Días antes, hace 5 noches, otra presencia femenina -no atinó a resolver si es la misma- me dijo que aquel revelaría algún mensaje a una mujer, alguna amiga tal vez.

El ambiente se tiñó de misterio en el círculo armoniosamente armado, estábamos platicando de la muerte y esas cosas. Seguía la conversación bajo esos tonos. Siempre he tenido la certeza de que viviré mucho tiempo y en este tipo de temas poco puedo decir de lo impredecible, de la suerte, de la casualidad.

Algo extraño sucedió, todo comenzó a correr lentamente, las imágenes perdían nitidez...me levanté, me despedí, y de súbito me desprendí, pero esto último sólo lo entendí a través de la mirada de la mamá de Alfonso quien compungida me vio, comprendí enseguida que veía la muerte en mí. Me extraño cuando comencé a semi elevarme, no creía lo que sucedía por la idea fija que tengo de mi permanencia-. Ella con todo el coraje de su ser derramó las primeras lágrimas -aquellas plagadas de coraje, incomprensión y mucha tristeza-. Con su mirada me detenía, tú no, por favor-.

Yo cual designio sólo seguí, no lamenté ni me aferré, sentí un placer inmenso, levité, me desprendí fue una sensación indescriptible como de bienestar, de placer, de tranquilidad, de intrascendencia, de ya nada importa ni aún viendo el dolor quise contrariar, era un flotar sin sense, no hay sensación ¿será así en la eternidad?

Los veía y no me era indiferente, pero tal vez es como si no existiése el dolor o forma de expresar eso llamado dolor. Veía ese rostro, ese dolor profundo; por otro lado sentía un placer inmenso, pero a pesar de ello en mí no había comprensión, rencor ni esa petición de cuentas que precede a las muertes.

En un tiempo más, antes de elevarme hasta el techo...regresé de golpe, me abrazó la mirada de los comensales que segundos antes lloraban. Me sentí en paz, prometí luchar por mi espacio aquí, y si viviré los años que se supone marca la línea de mi mano no lo daré por sentado con resignación sino lucharé por mi sonrisa y por la de todos aquellos que me entregan parte de su corazón. No me iré tan fácil. No me dejaré y no los dejaré, y aceptaré lo maravilloso de estar y no estar.

Allá todo parece naranja y azul. Allá no hay lo de aquí...

lunes, agosto 16, 2010

Alfonso 9 meses sueños profundos

Van 9 meses que corren, no sé de tiempo, pero sé que hoy son 9 meses porque estoy a un pie de la iglesia que te vio crecer, el padre anuncia: "recemos por el eterno descanso de nuestro hermano...quien fue pedido por el padre y ahora está..." Pierdo el sermón al detenerme en las imágenes que puedo acomodar, siento como si el tiempo se detuviese allí, la luz vespertina que se asoma me hace soñar que eso es lo que es, un sueño. En él, todo es distinto, aderezado con lo ilógico.
Entro en un cuarto, es el viejo departamento de Villa de Cortés donde mi abuela vivió su matrimonio y posterior depresión, donde los ocho hijos crecieron antes de dividirse el padre y la madre, donde los nietos como yo crecieron en un entorno donde las edades no marcaban las jerarquías entre tíos, sobrinos, padres, pues todos éramos de edad incipiente, crecíamos y descubríamos diferentes cosas al mismo tiempo. Ese lugar era ahora un hueco gris, ruinas despedazadas por el tiempo, cuartos vacíos, inquilinos roedores, olores fríos, sentires putrefactos...allí estaba en el último piso, en el cuarto de fondo, en el que solían quedarse los pequeños, mi edad apenas rebasaba los once años, asomé mis ojos y pude verlos.
Eran mis tíos, corrían y con señas torpes, contradictorias entre sí llamaban mi atención, me cubrí casi por instinto cuando los vi arrojarse al suelo, en los brazos sostuve a mi hermano y alguien más se adhería a mi acto cuasi suicida de arrojo pechotierra. Subí, cuidadosamente la mirada, con un tercio de mi rostro postrado en la ventana, alcancé a vislumbrar un tipo alto, delgado, armado, amenazando a mis tíos, instantes después pasos desbocados y un grito direccionado a nuestro cuarto: "tengan cuidado con el c...", recuerdo que esa "c" era un animal. Enseguida, regresé al atrio, pues la paz había llegado, dí la mano como quien imita, pensando que estaba allí como una especie de mal sueño. Una mano se posó sobre mis hombros: -Adriana, te quedas un rato, vamos por un café.
Lo vi, recordé lo que hacía allí, salí, tomé mi bolso, un pequeño cuervo estaba sobre la fachada.

lunes, junio 07, 2010

El túnel en el andén.


Mayo 2010

Caminaba como siempre a paso apresurado, evadiendo las banquetas crecidas y los matorrales pronunciados, después de diez minutos, vuelta a la esquina y ¡bingo! en el metro. Tal vez la hora, tal vez cuestión de suerte, el andén estaba casi vacío excepto por el señor de intendencia que con su escoba de mechitas de color naranja limpiaba las orillas del pasillo y dos tipos más encapuchados con esas sudaderas borregas que suelen esconder el cuerpo y la mitad del rostro...Temí un poco, su aspecto me daba la impresión de que escondían algo pues entre susurros reían y señalaban la parte baja de la vía y movían sus manos en diferentes direcciones, cuando la mirada de uno de ellos se posó en mi, sólo atiné a voltear la mirada para donde el barrendero estaba segundos antes, ya no estaba, quedábamos sólo nosotros tres cuando una par de señoras con aspecto extravagante entraron al andén en dirección contraria.


Esos minutos parecieron eternos, una voz anunció: "Estimado usuario debido a una falla técnica en uno de los trenes el servicio ha sido suspendido", aquella letanía parecía una mala pasada -¿por qué justo el día en que el andén estaba vacío y debía llegar a mi cita con Margites, en aquel lugar donde nos vimos por última vez cuando nos despedimos.
Recuerdo aquella última vez con tanto pesar, ese día corrí apurada para tomar el tren hacia Barranca del Muerto, con mis apuntes, libros y libretas en mano casi al borde de tirarlas, y él estaba allí en medio del barullo, bajo el reloj recargado en la superficie de las escaleras. Lo vi casi después de medio minuto que él llevaba observándome batallar con mi maleta y demás objetos, hasta que la sensación de ser observada rompió el ensimismamiento en el que me encontraba.

-Hola, ¿Cómo estas?, ¿Por qué no me saludabas?
-Te vi muy ocupada ordenando tus cosas y no quise interrumpirte.
-Gracias, cómo te habrás dado cuenta una mano extra no hubiera estado nada mal- repelí con sarcasmo.
Sonrió y enseguida siguió en una contemplación feliz cada uno de mis movimientos, que para ese tiempo eran contradictorios, quería organizar mis cosas pero también quería platicar con él, así a medio hacer ambas, le pregunté:
-¿Cómo has estado no me has contestado? ¡Qué sorpresa encontrarte! ¡Qué cosa tan rara!- después de lanzar cual ráfaga aquellas expresiones pensé si no contesta es porque no le he dado ni un respiro para hablar, así callé por unos segundos.
-Bien, tranquilo todo...
Apenas comenzaba a responderme cuando el tren llegó, rápido me disculpé -¡Tengo que irme! pero ¿será que te encuentro pronto?- grité entes del cierre de la ventanilla mientras mi cara gesticulaba una especie de muecas sin coherencia alguna de tan fugaz encuentro.

Con todo el coraje, caminé en dirección hacia los dos tipos que ahora estaban de espaldas a mi metiendo unas botellas en una de las mochilas escolares que traían. Con la precaución de no hacer ruido con mis zapatos, crucé frente a ellos casi a hurtadillas, sintiendo la gloria al estar ya diez pasos lejos de ellos y a veinte mosaicos de los torniquetes recorrí felizmente el siguiente pasillo.
De pronto en una de las puertas donde suelen reposar los policías auxiliares del metro, escuché como cuestionaban a varios sujetos que se supone deberían estar encerrados en la cárcel y habían escapado de tal sitio por un agujero con conexión a dicha estación. Segundos después de ésta reflexión y quince pasos de la salida, las puertas metálicas de la estación se activaron y así quedé atrapada.
Enojada entré al cubículo policial, sin respuesta alguna, allí dentro era un chiquero, la poca luz que caía del exterior mostraba huellas de grasa automotriz, restos de salitre, pero lo que más me impresionó fue el aroma a sangre y a químico, ese olor tan desagradable a piel quemada y cal, tapé mi nariz con la bufanda y seguí caminando por aquel cuarto que me había ya conectado a un pasillo, cuidando de no tocar las paredes donde se encontraban rastros de sangre y pintura desvencijada.
-¿Qué pensabas, que sería muy fácil salir de aquí?...pues te equivocas y pagarás tu arrogancia- decía un uniformado, que ya pensaba yo no era un policía y mucho menos el ser confiable que yo buscaba para que me dejará salir. Mi enojo inicial se había convertido en una extraña sensación de desnudez, de estar desprotegida, vulnerable y colocada en el centro de una situación aún más rara.
Crucé con torpeza la puerta en busca de otro pasillo que me llevara de regreso, sin luz y sin la más remota idea de saber lo que allí sucedía y dónde estaba, caminé tres pasos atrás y di con otro pasillo que conducía a unas escaleras. Ya era demasiado tarde para regresar aún sabiendo que aquellas escaleras estaban en contra dirección a lo que yo buscaba: la salida. Aún así, seguí, las escaleras ascendían a otro cuarto, que intuyo estaba arriba de la estructura de los vagones...


-¿Qué haces aquí?
Conteniendo en los pulmones el miedo que sentí al recorrer sus palabras, contesté:
-No sé que hace usted aquí, ni quién es, sólo estoy buscando la salida, el gendarme del piso de abajo me mandó con usted por ser el único que pudiera ayudarme- mentí y dije con voz firme, de esa que pocas veces acompaña mis palabras.
-No entiendo. Él la dejo pasar hasta acá para que fuera yo quien la sacará. No me suena lógico-dijo el gendarme recorriendo mi silueta de arriba a abajo con su mirada inquisidora.
-Eso pensé, pero al parecer estaba ocupado con un par de tipos, prófugos.
-Cállese, arrójese al suelo- dijo al interior del cuarto que custodiaba.
-Le dije que se comiera todo- gritó de nuevo.
Su tacto áspero hacia las preguntas que procedían del interior del cuarto me exaspero e incomodo, así que traté de no hacer nada que motivara su chirriante voz demandante, el mismo olor a carne putrefacta era aún más penetrante en aquel sitio, y procedía de ese cuarto, vedado, iluminado tan sólo por una ventanilla de 10 por 15 cms. El desfile de voces que clamaban comida, agua y exilio era interminable, como coro desafinado aturdían las estrechez de aquel cuarto.
Asomé mi cabeza, mientras el gendarme de voz áspera rumiaba en el walkie talkie con el gendarme, sosteniendo la respiración, de pronto vi a David, atado a una especie de cadena comunitaria, aquel cuarto era una carnicería, había sangre y restos de fluidos desperdigados en el cuarto, los manchones en las paredes y el insoportable hedor que de allí procedía me hizo pensar que esa situación fortuita de la falla en el tren, no lo era, esto llevaba tiempo realizándose. Cual carne en venta eran objeto de extraños sacrificios de santería con el motivo de mantener al masón mayor de la ciudad y la estabilidad en sus apócrifas finanzas, según me relató David atropellando las palabras cada cierto tiempo por el miedo a ser videograbado, pues esa era otra parte del negocio, todos eran vigilados y se escogía al mejor para ser entregado. Cuando me dijo lo de los videos, mi piel se erizó, ello significaba que nunca había dejado de ser observada, y que tal vez mi presencia allí no era casual.
Los cuerpos exhaustos reposados en un extremo del cuarto, encadenados entre sí, los cuerpos desnudos grasientos y llenos de hematomas, en extremo burlados con la idea de ganarse su libertad. De lejos hacía señas a David, compartía su encadenamiento con dos nóveles ladrones que habían entrado a una tienda de colchones y antes de efectuar el atraco fueron reconocidos por la cámara y supuestamente capturados para seguir su proceso en prisión; sin embargo, para sus familias se encontraban desaparecidos y eran inocentes palomas perdidas en algún lugar.

El walkie-talkie no funcionaba del todo bien, después de rodear en repetidas ocasiones el rectángulo en el cuál estaban hacinados los cuerpos el gendarme de voz áspera salió en busca de mejor señal. Ese momento corrí al extremo de su escritorio y tomé unas diminutas llaves, todo ello por instrucciones gestuales de David, su cara era en extremo compungida, nunca había vista tal sufrimiento reflejarse en su rostro, como pude contuve la respiración, esquivé lo mejor posible los cuerpos y la sangre, aunque de repente mis sentidos ya no percibían el olor fétido, ni el sabor del sudor que caía sobre mis labios, ni siquiera el asfixiante calor abrasador que segundos antes asqueaba y dejaba pegajosa mi ropa...sólo recuerdo como vi de lejos a David detrás de la cinta amarilla que separa a los térreos de los caídos. Quise gritarle pero no me escuchaba, o tal vez fingía para protegerme, caminé de nuevo hacia las vías y la gente estaba amontonada observando una atroz escena...

martes, mayo 25, 2010

Pensamientos en un vaso de agua

Pasaba la tarde, cotidiana, como tantas otras, reducidas a la rutina, al calor agobiante de los rayos del sol, el dolor de pies después de atravesar la ciudad, donde el llegar a casa era el único pensamiento presente y sano dentro de la odísea de maldiciones durante el largo trayecto de la universidad a la casa.

La puerta, presentada como la meta, resultó el preámbulo de una segunda prueba, el lograr llegar hasta su recámara librando los embates y reclamos de los congéneres con quienes habitaba aquel cuarto de escasos 45m...lo logró, estancó su débil y sudoroso cuerpo en el sillón, un sólo giro bastó para que sus ojos ciñeran un sueño profundo.

La tarde caía, larga como aquellas tardes de verano, donde la carrera del sol se agotaba a las 8 de la noche, bajo esta escena cayó en un sueño profundo. Al despertar buscó el teléfono de G. con quien había acordado tomar un café más tarde, cuando la noche se encontraba en su inicio tomó el teléfono y marcó. Al primer intercambio de saludos, éste afligido interpeló: "¿Cómo te sientes?, ¿Estás bien?, ¿Te hace falta algo?"...sin oportunidad de responder y no comprendiendo su ávida preocupación...G. continuó: "llevo horas marcando, me tenías angustiado, pensé que algo te habría sucedido"...No entendía nada aún de aquellas apesadumbradas palabras que taladraban su parsimonia.
-¿Qué pasó? No es para tanto, no olvidé lo del café, nos vemos donde siempre, ¿no?
-¿Pero es qué no te has dado cuenta?- replicó G.
-¿Qué cosa...?
-¿No has visto nada?
-¿Qué habría de ver?-dijo con sarcasmo, enseguida rió y se asomó a la ventana como siempre lo hace cuando quiere despabilarse y busca contagiarse de nuevo de ese ritmo citadino después de un largo sueño.
Enseguida, comprendió, no era capaz de describir lo que sus ojos tenían como "panorámica", nada de lo conocido era ya. La vista era irreal, desastrosa. Regresaron como torbellino los relatos de su abuelo, cuando le contaba que vivir por el canal de la Viga, era estar ya en las orillas de la ciudad, de cómo paseaban en embarcaciones pequeñas por los canales de La Viga, Churubusco, el Viaducto, constantemente esas imágenes se agolpaban y pensaba en cómo la ciudad de México distaba mucho de ser como Venecia, pues, tristemente, el desarrollo urbano voraz no le permitía seguir soñando, ni creer en las historias del abuelo por inverosímiles. En eso iban las cavilaciones, al ver la ciudad inundada, atascada en un marasmo de aguas negras, suciedad varia flotando, agua grisáceoverdosa golpeando los muros de los edificios con ahínco tal como si quisiera castigarles.
No observaba el fin de la fiesta. El agua aún seguía ahogando las calles, los edificios eran apenas perceptibles sólo por la azoteas, no se lograba distinguir nada más...ninguna persona, algunos automotores, sólo la furia del agua corriendo despavorida. Se espantó, cerró la persiana despavorida, después de unos segundos no resistió y abrió la ventana, quería salir. Se vio sola, tan sola que no tuvo tiempo de pensar en si había alguien más en quién pensar. Mientras G. en el teléfono intentaba relatarle lo que en un segundo su ojo había registrado, colgó. En ese instante sintió miedo, pensó en lo pronto que los muros podrían ablandarse y caer, temió quedar entre los escombros del derrumbe como una existencia más al vacío -pensamiento que siempre le invadía cada mañana y al cuál repelía repitiéndose que el estar aquí era una cosa entera de sentido por sí misma, y era una vacilada y pérdida de tiempo pensar en ello todas las mañanas, casi como pensar por qué respiramos-, aún así permaneció pegada a la ventana observando el terrible y atroz espectáculo.

Segundos más pasaron y el agua comenzó a colapsarse en un onda centrífuga, como cuando se estanca el agua, se destapa un agujero y todo escapa por allí, así, el agua succionaba todo a su paso, sintió como la fuerza se apoderaba de los objetos,y de ella. Vio su edificio desaparecer poco a poco, todo se derrumbó.
Y llegó G. Apareció en su auto color gris. Enseguida, G. le lanzó una seña y así abordó el auto con todo su pesar y odio reprimido, atrás quedaba el desastre. Guió a G. hasta salir a bocajarro de aquel sitio. Salieron por el atajo, y cayeron de nuevo inmersos en una corriente desconocida. Ya fuera de su casa pudo reconocer con mayor nitidez la magnitud de lo acontecido, y lo visto en su ventana y narrado por la radio era poca cosa a tal suceso, "terrible desastre..." decían en la radio cuando la velocidad de la corriente los jalaba al centro del abismo centrifugo, G. como pudo maniobró y libró el abismo, siguió por una vertiente y tomó el viaducto -aquel antes de agua en tiempo de los abuelos, ahora hecho concreto y vuelto agua de nuevo a fuerza de hecatombe, cual naturaleza avasalladora-. Así, a salvo en el auto de G., ahora convertido en barco, llegó al final...con el amanecer en la punta de sus castaños cabellos, y G. a su lado conversando a su nieta cómo eran esos tiempos de agua.

lunes, enero 11, 2010

Hoy regresé de Xibalbá'

Hoy regresé de Xibalbá. Con las piernas pesadas como enormes losas apenas pude regresar. Alguna vez oí decir que existe otro lugar, claro, bajo la premisa de que estamos en un lugar siempre existirá la ilusión de otros lugares, pero este lugar no es una ilusión, es un espacio ancestral donde se viven todos los tiempos en un tiempo, hay aves, quetzales, árboles frondosos remojados bajo el halo de luz y la lluvia de septiembre, se pasa de lo árido a lo cálido en cuestión de segundos, hay varias cavernas terrosas húmedas, e infinidad de colores terracota en los muros de piedra. Los sonidos son hermosas armonías del andar del agua, del unísono cantar de las aves, del rugir, gemir y pisar de mamíferos, del viento regodeando su andar entre los árboles, la luz matinal y su centelleo.

Cuando llegué observaba una especie de árbol que en su parte más alta contenía un nido, aunque sólo pude ver las plumas turquesa atisbé a lo lejos un caudaloso lago por donde la gente se arrojaba en una especie de sacrificio, se entregaba a la tierra. Me acerqué, tan profundo como mi pesar, tan cristalina el agua como mi sentir, tan rutinario el cliqueo del agua como mi andar, me arrojé, es ese lugar donde pertenezco, pensé. Todo se nubló.

Fuera de la selva chiapaneca, los índigenas solían tender su rebozo y vender o intercambiar sus mercancías para comer.

Mientras caminaba por un lugar cuasi desconocido, es decir, era la ciudad en su versión 1920, los caballos remolcando carruajes, bullicio en las periferias de la plaza de la constitución, un vaivén constante de personas, gente en sus pequeños locales ofreciendo sus oficios –carpinteros, peleteros, sastres, etc-. Después de recorrer cada local, sorprendiéndome de lo tan diferente que era, de cómo la gente acudía a las personas en busca de su oficio, de cómo el andar no era temeroso y de cómo las formas de andar eran otras. Así mientras zurcía y pegaba el excedente de pegamento en la libreta, atisbé unos zapatos conocidos. Bueno, tal vez no puedo presumir que conozco los zapatos de todos los seres con los que me cruzo, pero aquellos zapatos impelían que mi mirada subiera. Así, miré. Mientras seguía con mi oficio, él cantaba, yo cantaba aún más fuerte hasta que desesperada de competir, dije:

- Te gané, mmm. Ves, siempre gano-

A lo que contestó: - Sí, así parece-

Suavicé mi voz y mi arrogancia, me acerqué, contemplé su rostro, era él, quien hace tiempo me había dicho tantas cosas que parecían crudas a mi parecer y que en su corazón estaban en su punto, detalles que no olvidé por la forma tan cuidadosa, locuaz en la que se internaron aquí.

Me levanté y lo abracé - ¡Qué gusto estar así!-

Aunque viéndolo desde este punto, no creo ser la ganadora, tendríamos que estar juntos, dije en una especie de diálogo sin palabras, en un diálogo impreso de emociones y sentimientos tomando forma de humo recorriéndonos. Cerré los ojos y lo abracé con mayor fuerza, como si en ésta se extinguiesen todos los días agrios, sentí mi pecho saltar.

Abrí los ojos de nuevo, en la orilla del río estaba aquella ave y en mi pecho un manojo de plumas turquesa y marrón. Apenas pude levantarme, caminé, apenas pude regresar...

lunes, enero 04, 2010

El extraño del bosque

Amanecí, con suerte, sin piquetes de mosco y con la tranquilidad de no haber batallado con zancudos, arañas o ratones.

Últimamente los insectos y demás bichos rastreros han rodeado mis zapatos desgastados, por ello no me sorprendió que la araña que colgaba de la mesa de centro jugara en los recovecos de la madera agrietada. En un descuido la terrible araña había dado vida a una extraña ave de plumas pardas, segundos después, una lluvia de plumas turquesa y sepia con pequeñas motas grisáceas, al siguiente aleteo un escarabajo brillante caminó sobre una de las patas y apareció, de nuevo, un extraño arácnido.

Regresé a la ventana, no había aves cantando, ni escarabajos subiendo. Salí del cuarto, al paraje contiguo donde un columpio sostenido con un par de maderas que rugían cual animal moribundo llenaban la postal. Con los pies rozando el suelo en cada vaivén del columpio, destapé un pequeño agujero donde una hoja roída guardaba unas cuantas palabras ininteligibles. Paré el balanceo y me acerque, mientras removía la tierra, un pantalón azul apareció.

Me levanté, lo miré, me miró, frente a frente quedamos el sujeto de mezclilla y yo envuelta en un tul blanco. Se acercó con la efusividad y la pasión propia de los enamorados ausentes, giró la cabeza hacia la izquierda, rozó mi nariz en tres ocasiones y con ternura me besó. Me besó con esa intensidad propia de los amantes despojados de disfraces y pesares, con la tranquilidad de quien llega al final, al lugar donde le esperan.
Lo besé, enseguida el cuerpo como agua en ebullición, sentí esa irrefrenable presión de compartir con la ternura, pasión, amor, mi amor. Hacía tanto tiempo en que en este bosque no aparecía un olor en el viento como éste, una curiosidad que me sacara de casa y me introdujera al traspatio. Sin pretensión, sin miedos ni desconfianza cubriéndome, arropé al extranjero, y en ese diálogo sin palabras, de miradas y movimientos, muy fuera de lo mundano, recibí el primer día del 2010.

Radiante, motivada, alegre, cálida y con una enorme sonrisa me levanté, sólo para notar los horribles piquetes que se tendían como enormes llagas en mis piernas.


viernes, noviembre 20, 2009

Si puedo volverte a ver



Mientras caminaba y platicaba al cielo la posibilidad de que un ave pudiera llevarte un mensaje, apareció esta canción, entre sueños una enorme mariposa se posó en una hoja de un verde inusual, enseguida pude verte y decirte lo mucho que te quiero.

martes, octubre 27, 2009

La belleza y su don aterrador

Últimamente me han atormentado sueños bellos. ¿Qué extraña paradoja?, ¿Cómo la belleza puede ser aterradora?

La última vez que soñé que uno de mis dientes estaba fuera de su lugar, horas más tarde me encontraba ante un miedo más temible que el de la carencia estética de un molar. Hace unos días ocurrió que uno de los dientes frontales caía, era bastante incómodo y a ello precedieron días peores, repletos de dolor muscular y una extraña cefalea migrañosa -lejana a la sintomatología común-.

El 16 de octubre estaba en una carretera, sucedía una accidente de auto convertida en carambola. Salía con un terrible dolor en la columna vertebral, como pude caminé hacia una reja, entré a un lugar tenebroso, lleno de sombras. Me escondí porque no sentía protección en aquel lugar, ví como mataban a un hombre de manera violenta terminaron con su vida; permanecí en un rincón para no ser atacada. No entendí por qué mataban al hombre, tampoco por qué en ese lugar que se veía como un hogar perseguían al sujeto. Era un terreno bajo suelo, sostenido en frente por una reja y una puerta de alambre. Así ni ayuda, ni consuelo, desperté temiendo los autobuses y aquel sitio subterráneo.

Y estos tres últimos días han sido escenas llenas de color, matizadas bajo el gris del cielo, colores intensos, contrastantes, donde las formas parecen irreales, con los cuales la púpila se deleita incrédula y sospecha falsedad en el escenario. Aún así, tomé un carrito en forma de dragón e hicé un recorrido sobre el mar maravillándome con el castillo sobre las aguas de la isla; incrementó la velocidad, temí y enseguida me llené de angustia por percibir la falta de control en el camino cuando comenzó a fallar el tren.

Más adelante el escenario, tres sillones color durazno y mamey, y un gran ventanal desde el cual se apreciaba el bullicio de la calle. La ventana se encuentra protegida con hererría en color negro. Mientras observo por la ventana contigua, la de mi cuarto, un sujeto canoso y otro joven de piel muy blanca pelean, no sé por qué discuten, la gente pasa y se instala, cada vez hay más gente. Regreso al ventanal principal para observar con mejor presición; el sujeto canoso alcanza al blanco y le asesta un fuerte golpe -al parecer sin razón-, él trae una enorme cámara en el pecho. De nuevo llega alguien a quien trataba con autoridad, el afectado entra a la casa y permanece sentado a petición del dueño del hogar.


Han sido días densos, artificiales en los colores; dispersos en las formas; nítidos en temor.

viernes, septiembre 11, 2009

Agosto y su sensatez

Dice el refrán que si sobrevivimos Agosto, debemos preocuparnos hasta el próximo invierno, pues ya nos libramos de coger enfermedades, tempestades, ya estamos sazonados como las frutas. Pues, también dice: "Agosto madura, Septiembre vendimia la uva", ello refiere a que la madurez de la uva se da en este mes, el buen tiempo de agosto sazona y madura varios frutos y es bajo la templanza de septiembre que uno puede disfrutar y degustarlo. "Lo que Agosto madura, septiembre asegura".


Lejos del efecto fébril de los meses antecesores, Agosto se posiciona como el mes que da su justo sabor a las cosas. Así puedo decir, los primeros días y bajo el imperio de los sueños develé mi inquieto corazón; compré un par de boletos al viejo continente; comenzaron las clases de portugués; me asomé a una puerta entreabierta y cerramos varias más descaradamente afianzadas con seguro por detrás; cosecha de cumpleaños; estampillas, exposiciones y películas -tocantes-; sueños densos; enormes banquetes; grandes adioses y lágrimas terrosas intermitentes a lo largo del mes y el último día, igual bajo el imperio de los sueños, a petición de un amigo, escribí un melancólico texto del andar .


Así "hago mi agosto". Expresión que ejemplifica a este mes como el de las cosechas. ¿Que comeremos?... ¿eso que almacenamos y cultivamos con ahínco?, ¿Cómo están los temporales?...¿será exquisito?...¿Habrá que esperar?

martes, agosto 18, 2009

¿Cómo preparar un sueño?


"(...) la clave es la combinación delicada de ingredientes complejos:


primero ponemos pensamientos al azar, luego, añadimos una pizca de reminiscencias del día, mezcladas con algunos recuerdos del pasado, [relaciones: amores, amistades, roces] y todas esas palabras con canciones que [escuchamos] durante el día, cosas que [vimos] y también algo personal. Y nos ponemos a revolver..."


Nos dice Stéphane en la ciencia del sueño, mientras cocina uno.
Mis sueños a últimas fechas se han presentado densos. A ello, se suma que los banquetes han sido memorables y abundantes en carne y vino, demasiado carbohidrato para la cena.

***


Notes: 4 ago 2009

Hoy fue terrible, aterrador por las imágenes, los grises, verdes y azules entremezclados con el negro brumoso, demasiada soledad se siente aquí. Es una casa semiderruida entre terrenos baldíos.
Alguien nos persigue en estas calles desiertas y tomamos un atajo, cruzamos la calle, nos tomamos de la mano y saltamos el alambre de puas con cierta dificultad; al tiempo que nos encontramos en un sitio más oscuro acompasado de cuatro paredes -en teoría más seguro que el exterior y más segura con a compañía obtenida, un deseo onírico cumplido-. Hecho que terminó con la fuerza y brutalidad con la que tres tipos nos separaron y me llevaron a un cuarto verde enlamado y mohoso, sus gestos eran soeces, asquerosos; en cuanto pude corrí, escalé a otro predio en construcción y un cúmulo de gente se aproximaba vehemente. Grité y pedi ayuda a las personas que regresaban de la peregrinación pero sólo obtuve indiferencia, apatía y negación.
Callé. E irónicamente llegué a una casa donde me buscaban, querían retenerme para una especie de festividad, afortunadamente bajo los dones oníricos logre ser invisible- jaja, a nadie le gusta ser atrapado, ¿no es así?-. Un hermoso ventanal apareció frente a mi, un enorme vitral, y la lluvia apelmazando la imagen.

:..

Contraste. Aparecí en un lugar inundado de luz, todo vacío, sólo una linda y estética escalera marrón con incrustes dorados y nosotros. Al lobo ibérico le dijeron que viajaría, lo cual acrecentó su mirada bucólica y sonrisa salibante, Vermont, el destino, lindos montes y tierra para un lobo aunque peligroso. Su joven alegría por lo dicho contrasta con mi playera verde y mi apático estado de ánimo.
Mi tiempo. Tomé con desdén las cartas, pegajosas, salieron: 1) una totalmente negra, 2) un cubo y unos escalones reflejando al exterior, 3) una color pastel, como durazno y 4) una brumosa que no alcancé a percibir. Apática seguí. El tipo de apariencia desconocida y confianza desmedida me dijo:
- Vas a emprender un viaje -reí, por supuesto-
y alguien más con su lindo sarcasmo dijo -¡Siempre!-, reí de nuevo.
-Todo estará perfecto-, quedé tranquila sin dudas ni apatía. Extrañamente me reconfortó.


El siguiente lapso fue un capricho, pensé en mi deseo de quitar los miedos y barreras. Balanceando la copa de vino, su hermoso color y el vaivén provocado por el movimiento de mi mano me embelesó, besé la superficie de la copa, degusté su olor fresco como nunca antes lo había hecho. Pese a la falta de madurez en conjunto, vino-paladar, esta vez la coordinación fue excelsa, un lindo cosquilleo en todo el cuerpo, ¡qué placer!

¡Qué cosa Agosto, sus sueños, su temporalidad...me abismo!